Te propongo un viaje a través de las emociones.
Laberintos está dividido en cuatro secciones: alba, cenit, ocaso y nadir. Las emociones que en cada una se muestran están agrupadas según mi percepción sobre ellas. En un extremo, al inicio, están las que considero más puras, más nobles o luminosas. Al final, las más fuertes, duras u obscuras; de ahí parte la relación con la ubicación del sol. De todas maneras, darles un adjetivo, ha sido solamente un ejercicio personal. No hay emociones buenas ni malas, todas son parte de nuestro diario vivir, de lo que somos.
Cada cuadro te dirá algo que va más allá de su título, despertará en ti más emociones, y entonces, finalmente, entrarás en tu propio laberinto.


Freddy Coello

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CADA UNO EN SU LABERINTO · José Nevado de la Torre, S.J.
Director del Centro Cultural de la PUCE

Un laberinto es un lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida.

Según la mitología griega, Dédalo construyó el laberinto de Creta para encerrar en él al Minotauro. El Minotauro era un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. De tiempo en tiempo había que entregarle siete doncellas y siete donceles, destinados a ser devorados. Para librar a la nación de ese horroroso tributo, Teseo quiso meterse en el laberinto y matar al Minotauro. Ariadna le proporcionó un ovillo de hilo para que lo fuera desenrollando mientras entraba y lo fuera recogiendo después, hasta encontrar la salida. Teseo mató al Minotauro y salió del laberinto guiado por el hilo de Ariadna.

Freddy Coello nos presenta hoy en 24 cuadros, 24 sentimientos, 24 estados de ánimo, 24 laberintos: tedio, éxtasis, paz, ilusión, pudor, esperanzas, soledad, nostalgia, ocaso, desesperación… Y los representa con cuerpos y rostros de mujer. ¿Porque el alma de la mujer es laberíntica? ¿Porque es confusa, enmarañada, semejante a un laberinto? Yo diría que es más rica, más compleja que la del hombre, que es más simple.

De todas maneras ¿puede uno salir de su propio laberinto? Sí. A veces de un modo tan sencillo –¡si es que se halla!- como el hilo de Ariadna: volviendo sobre sus pasos, desandando el camino hecho.

¿Hay otro modo? También según la mitología griega, Dédalo, con su hijo Ícaro, fue condenado a perderse en el laberinto que él mismo había creado. Para escapar, fabricó para él y para su hijo unas alas con plumas de ave, pegadas con cera. Los dos salieron volando. Pero Ícaro, desoyendo la advertencia del padre, voló demasiado alto, el calor del sol derritió la cera, se soltaron las alas e Ícaro cayó al mar.

Hay, pues, otro modo de salir de nuestro personal laberinto: ¡hacia arriba! Pero no demasiado alto, con ilusiones falsas, con escapatorias aparentemente fáciles, con sucedáneos engañosos de felicidad. Sí, elevando nuestro espíritu hacia los altos ideales, hacia las hermosas realidades que están muy por encima de lo que nos atrevemos a imaginar y esperar. ¡Levantemos el corazón! ¡Hacia arriba!

Quito, 25 de septiembre de 2014

 

EL UNIVERSO DE LAS EMOCIONES · Gaby Costa
Coordinadora, Centro Cultural

Escudriñar las emociones a través de un camino laberíntico o hurgar los estallidos emocionales, propios del ser humano, no es tarea fácil. En esta exposición, no se trata de eso, pero sí de resaltar esas emociones a través de la pintura, con retratos que plasman las emociones. Cada obra descubre un halo de luz de cada emoción, inherente a cada uno de nosotros.

Si se recorre con la mente y el corazón abierto, esa emoción, las emociones, se convierten en un espejo que responde a ese momento anímico y que también responde acerca de quiénes somos y dónde estamos, qué sentimos en ese o aquel momento. Los sentimientos, desde el más dulce al más esperanzador o al más perturbador, a través de los cuales exploramos nuestra conciencia, nuestra existencia individual, en esta exposición de los retratos de Freddy Coello, esos sentimientos son universalizados y son eternos.

EL LABERINTO DE LAS EMOCIONES · Ps. Cl. Mónica C. Jurado

Resulta complejo precisar lo que se concibe por emociones: cada tipo de psicología llama emociones a ciertos comportamientos que consideran más fascinantes. Sin embargo, ciertas conceptualizaciones carecen de lo primordial, un vínculo más preciso con una teoría que se refiera al hombre como ser hablante insertado en una cultura.

Un primer acercamiento respecto de lo que llamamos emociones podría ser a partir del campo de los comportamientos animales. La etología, por ejemplo, investiga las diferentes reacciones de las especies animales frente a determinadas condiciones o contextos de sus vidas.

Lo que podemos señalar como emociones entre los animales es un conjunto muy reducido y restringido de rasgos y de conductas típicos, que podrían ser especificados como la amenaza, la sumisión, el miedo y la huida; la intimidación, la alegría y el abatimiento. A cambio, no se encuentran emociones exclusivamente vinculadas con sentimientos de pérdida y de duelo, o con depresiones, o con desafíos o dudas; en los animales no se distinguen la ira ni el llanto.

Una observación minuciosa nos enseña que las emociones que compartimos con los animales suelen ser comprensibles para todos los seres humanos; poco importa la cultura a la que pertenezcamos. Entonces, existen ciertas emociones que son universales; sin embargo muchas otras se encuentren estrictamente ligadas a una cultura determinada. Además, aparece un pequeño grupo de emociones universales e inherentes exclusivamente al ser humano, como la sonrisa, la risa y el llanto.

No obstante, la mayor parte de las emociones humanas no pueden ser interpretadas por sujetos que ignoran esas culturas porque corresponden a un código propio, a una socio-cultura dada y pueden llegar a provocar, en algunas personas, actuaciones equivocadas a partir de una dilucidación equivocada.

El psicoanálisis lacaniano nos propone un modelo estructural interesante para lograr adentrarnos en el tema que nos ocupa, las emociones. Es el nudo borromeo: (Lacan, 1971) la articulación de las tres dimensiones de real, simbólico e imaginario. Simplificando, el registro de lo real es el nivel de lo inanimado; el de lo imaginario, el del animal; y el registro de lo simbólico, el del ser humano. Lo real pertenece al cuerpo individual y aislado. Lo simbólico es lo que compartimos con nuestro grupo, es lo que nos adscribe a una socio-cultura, es la dimensión de lo colectivo. Lo imaginario es de cierto modo la articulación entre esos dos planos: es la interacción entre lo individual y lo colectivo en la persona.

En este sentido, se pueden ubicar a lo que llamamos emociones desde dos planos: desde la unión entre lo real (del cuerpo) y lo imaginario. Estas emociones son sensaciones y señales corporales cercanas a instintos y a las pulsiones.

Mientras que otras emociones se encuentran en el borde o la frontera entre lo imaginario y lo simbólico, entonces se tratan de expresiones sumamente elaboradas y codificadas que sirven para comunicarse dentro de un específico grupo social.

Constituyen una especie de vocabulario en común, familiar o social, que nos permiten a los sujetos, descifrar sentimientos como si fueran palabras. Dicho de otra manera, si comparamos a las emociones con la música, son las tonalidades, los alegros, con brío, el fortísimo, el pianísimo...
Las emociones: un problema que plantea el lazo entre lo individual y lo colectivo

Tanto las sociedades contemporáneas como las arcaicas tienen y tuvieron sus formas propias para especificar las emociones que pueden y las que no pueden permitirse o expresarse. Cada cultura estipula, por lo tanto, las situaciones adecuadas para cada tipo de emoción socialmente registrada.

Existen emociones que son reconocidas en ciertas culturas y que no existen en otras; o aparecen emociones que son llamadas como positivas en unas, y razonadas como muy perniciosas e incluso peligrosas en otras.

Por ejemplo en Japón, el vocabulario de las emociones es en extremo extendido y prácticamente intraducible. Recordemos que su sociedad es fuertemente organizada en cuanto a los modos de desenvolverse y de comunicarse, que son muy estrictos y rigurosos: cada gesto, cada vestimenta develan un sentido definido.

Trasladándonos a otro continente, encontramos que en el mundo quichua de la Sierra ecuatoriana, la ira está vedada dentro de las emociones aceptadas por la socio-cultura. A cambio, la tristeza lleva a ´una intervención rápida del entorno por temor a que la persona se vuelva loca´.

Todo esto nos conduce a señalar que el manejo de las emociones está perennemente unido a la convivencia en una comunidad y lo que en esta es aceptado, enaltecido, prohibido e, inclusive, imposible de ser nombrado.

Para resaltar este punto, nos podemos referir a las conductas suicidas, que a primera vista parecerían que se tratan de actos profundamente individuales y, por ende, ligados exclusivamente con los avatares emocionales de cada persona. Sin embargo, las conductas suicidas están enlazadas con escenarios que incluyen diferentes factores sociales, como el hecho de estar casado o no, de tener hijos, o de pertenecer a tal o cual religión; por lo tanto, sus causas tienen que ser comprendidas siempre relacionadas a una cultura particular, las cuales dependerán de los valores sociales propios de cada grupo. Por todo esto, la forma de suicidarse estará determinada por las costumbres de esa sociedad; en el Ecuador a ninguna persona se le ocurriría hacerse un harakiri (suicidio ritual japonés que se realiza por razones de honor y consiste en abrirse el vientre con un arma blanca).

Se puede deducir que resulta prácticamente insostenible discutir sobre las emociones haciendo caso omiso de la socio-cultura a la cual uno corresponde. En este sentido, los casos de matanzas seguidos por el suicidio del asesino, ocurridos en varias zonas de los EE.UU., deberían ser evaluados en función de los códigos psicosociales de este grupo.

A partir de esto, se puede reflexionar que, en las sociedades tradicionales, las emociones que salen del contexto propio indican el desamparo del sujeto que intenta, a través de esas particulares expresiones emocionales, decir algo para lo cual no tiene palabras ni solución.

Desde este punto de vista, hay que recalcar que el manejo de las emociones debe fundarse en un profundo conocimiento de los valores sociales del grupo y en el olvido de nuestros propios prejuicios etnocentristas.

Contemplar la obra de Freddy Coello nos permite adentrarnos en sus laberintos emocionales para descubrir una parte del alma del artista y su entorno. Pero al mismo tiempo, cada espectador podrá sumergirse en lo más profundo de sí mismo, en donde se entretejerá su propio laberinto personal y colectivo, con el universo que cada obra representa.

 

ATREVERSE A SER PINTOR · Mariana Landázuri Camacho

¿Se es pintor cuando se lo descubre en el taller después de terminar el primer cuadro? ¿Cuando se lo deja, pero se intuye que ahí hay una vocación que se quiere expresar? ¿O se necesita más bien de algún maestro que mire la obra y dé al autor el espaldarazo necesario? Seguramente la propia consciencia del artista se va empapando de su quehacer hasta que inesperadamente un día, el que primero le inquiere para que se defina a sí mismo es un técnico de reparaciones que frente al llamado de regresar a la casa donde ha visto tantos cuadros, le pregunta al dueño: "Ah, sí..., ¿usted es el pintor, verdad?" Y Freddy Coello responde: "Sí".

Aunque él mismo sea el primer sorprendido con esta respuesta espontánea, admitirlo privadamente y sin riesgos marca un pequeño hito en el camino, menos importante pero tan simbólico como estampar la firma en el cuadro terminado y certificar así que sí es el autor de esto que ahora contiene el lienzo, que le place lo que observa y que ya puede reclamar autoría sobre lo pintado.

Hay una lista de múltiples actos como los antedichos -sólo inteligibles para el protagonista y que por lo general traen una íntima satisfacción- los que van certificando al pintor que se estrena en su condición de tal. Desde adentro, el creador está inmerso en solucionar todos los problemas técnicos y creativos que plantea la pintura, en el trabajo administrativo y logístico que supone programar una exposición o en ganarse el pan cotidiano fuera de ésta como para preguntarse cómo va a definirse. Desde afuera, para el espectador que ve solamente la obra terminada colgando en una sala de exhibición, esa definición es evidente; lo están proclamando los cuadros. Lo que no sabe ese visitante es que sólo con su mirada la obra se completa y sólo así el pintor lo puede ser cabalmente.

La identidad artística de Freddy Coello se ha ido forjando desde la infancia con una considerable inclinación por las artes: teatro, música, danza, ballet, dibujo, ilustración, su misma carrera en diseño. Esa rica inmersión artística hace casi inevitable que saque ahora a la luz al pintor que llevaba dentro pero que aún no se había expresado. La confirmación más fidedigna de que esta es una vocación acertada se deja ver en la dedicación al trabajo y en ese sentirse como pez en el agua dentro del oficio.

Sin embargo ese reconocimiento sólo llega a ser significativo cuando el propio pintor está dispuesto a asumirse como tal ante el público que ahora convoca su exposición. Y eso no es poco decir. En el caso de Freddy el ámbito artístico de la pintura ha sido sagrado porque también desde la infancia vio a su padre y luego a sus hermanos mayores honrarlo. No en vano es más difícil hollar ese espacio si está precedido por figuras familiares que lo han consagrado. Ahora, seguramente también ellas se sentirían orgullosas de la pintura que aquí se expone, de la base técnica aprendida en la escuela del padre, de ese gusto por apreciar de cerca y largamente la obra de los maestros, de un dibujo nítido y un trabajo detallista.

El mismo tema femenino como personaje casi exclusivo de esta primera exposición sigue mostrando una evidente influencia paterna. El universo femenino parece coparlo todo aquí y no solamente en la pintura: las modelos, las productoras, la directora del centro artístico, las profesionales a las que nos pide colaborar para este catálogo, las mujeres en el ámbito doméstico cuyo apoyo siempre se destaca. Todas somos mujeres. Como en los cuadros, hay alguna presencia masculina en el montaje museográfico, pero lo que se explora es la capacidad femenina de representar una emoción.

Esa exploración de 24 emociones humanas le ha dado al pintor amplio espacio para indagarlas en sí mismo. Las representaciones son propuestas hechas por el mismo pintor a una modelo –actriz o no- desde el concepto que Freddy ha creado sobre cada emoción. Su propio ojo para encontrar a las modelos que mejor pudieran representarla ha sido el primer tamiz sobre el que descansa la obra. En la muestra no hay mujeres que se salgan del fenotipo mestizo ecuatoriano –ni negras ni indígenas- y todas parecen pertenecer al mismo ámbito de acción del pintor.
Se agradece que las propuestas no hayan caído en el lugar común con el que primero se puede asociar a cada una de las emociones ni que tampoco arrastren al visitante de la galería hacia una vorágine de sentimientos que le deje exhausto, deprimido o asustado.

Esta navegación no sufridora por una gama de emociones humanas no nos exime como espectadores de armar la historia completa con los detalles de contexto que rodean a la figura pintada: los colores, la escena en la que se desarrolla el cuadro, el ambiente que irradia, los detalles en torno al personaje o que ellas visten. Como al pintor, a nosotros también nos exige mucha observación y sensibilidad, tal como lo hace todo arte que se ha tomado a sí mismo en serio.

Retratar una emoción es acordar una larga entrevista con él, tanto en el pintor como en las modelos. Sea que ellas estén rememorando algo que vivieron, sea que tengan la capacidad actoral para meterse en un personaje, la búsqueda las catapultó hacia adentro, en un viaje para entender en sí mismas el lugar que tiene la emoción propuesta, y quizás también para encontrar el sentido que cada quien necesita darse en esa búsqueda. Y luego, el trabajo en el caballete atestiguó el diálogo del pintor con cada particular emoción, en un proceso cuasi terapéutico que parece posible justamente porque está proyectado hacia alguien más.

Para esas largas jornadas es probable que haya ayudado estar acompañado de la foto de mujeres atractivas, que posan en la flor de su vida y con las que hay una relación fluida. Tampoco el pintor quería sufrir con las emociones, sino trabajarlas. Y ahí encuentra Freddy que al empezar a pintar cualquiera de ellas, empiezan a brotar otras emociones que están también presentes, como si fuese una serie de emociones estratificadas que le dan sentido completo al cuadro. O se da cuenta también de que los límites entre las emociones son laxos y muchas veces se conectan unas con otras. Se entiende entonces el título de Laberintos dado a esta primera exposición.

Obra a favor de Freddy que tenga herramientas actorales para saber explorar las emociones, vivirlas internamente y luego poder salir de ellas a voluntad, como hace el actor respecto del personaje, como hace el pie respecto del calzado. Tal vez la ganancia de todo este proceso para él sea no sólo respetar y entender las distintas facetas de la personalidad humana, sino buscar y encontrar las emociones con las que más a gusto se siente. Y quizás los visitantes de la galería quieran aceptar también la invitación a reflexionar sobre esta personal manera de representar las emociones y a preguntarse sobre las suyas propias.

Lejos de otro lugar común sobre el artista, este trabajo es disciplinado, constante, riguroso y organizado. La decisión de Freddy de asumirse como pintor parece tomada sin mostrar ni duda ni arrogancia, sin el padecimiento que a veces parece tan nuestro, y más bien con la decisión de una certeza que se tenía adentro y a la que le llegó su hora. Si hay conflicto, no lo muestra; lo que queremos ver es la pintura. Se diría que es el tiempo de la mayoría de edad.

Admira en el nuevo pintor que sea capaz de sostener todo su proyecto: desde la concepción de la idea hasta la propuesta museográfica. Sabe de plazos y no se duerme, convoca a todos los que corresponde, pide las experticias requeridas, nutre la exposición con valiosos elementos complementarios: un texto literario que acompañe a cada cuadro, una obra teatral de la que también él es parte, un catálogo que él mismo diseña. Si no hay artista sin entrega completa, lo que aquí se añade es el dominio sobre la totalidad de su universo. Tiene experiencia en lo práctico y se mueve allí con fluidez y sin aspavientos.

Tal vez sólo a los artistas de renombre les abran las galerías sin haber visto previamente la obra, pero a Freddy así le ha sucedido con su primera exposición, y quizás ello indique que los demás también perciben la cepa que está aquí encerrada.

¡Adelante, pintor!

 

EL CAMINO DEL LABERINTO · Álex Sánchez

Qué son las líneas que corresponden a un rostro, los colores que reafirman un paisaje, los matices que dan un instante o una época. Cada circunstancia, la más trivial puede generar un goce, una emoción estética. Está en el artista esa zozobra de hacerse en el tiempo, de buscar fuera de la cotidiana fragancia un lugar que trascienda y se mantenga en la memoria del arte.

La selección de textos que se ha realizado para la muestra pictórica Laberintos obedece a una situación totalmente subjetiva. Obedece, también, a un gusto netamente personal. Se ha querido, acaso, enriquecer cada obra, ya sublimada por un sentimiento, con unas frases literarias.

De los misceláneos versos cabe aclarar que son su persistencia en la memoria, su fuga hacía ese deleite artístico. Se espera que quien admire cada una de las obras sea llevado por senderos de indómita búsqueda. Que el título de la muestra sea su suerte más placentera. Que por unos momentos nos adentremos en el vértigo de las emociones; que la pintura, que la literatura nos dejen bellamente caóticos dentro de la dulzura de un laberinto.

 

 

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QUITO · ECUADOR